Andando por el camino,
Te tropezamos, Señor,
Te hiciste el encontradizo,
nos diste conversación.

Tenían Tus palabras,
fuerza de vida y amor,
ponían esperanza,
y fuego en el corazón.

Llegando a la encrucijada,
Tú proseguías, Señor,
Te dimos nuestra posada,
techo, comida y calor.

Te conocimos, Señor,
al partir el pan.
Tú nos conoces, Señor,
al partir el pan.
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Jesús, como los discípulos, a veces veo el cumplimiento de tu voluntad como algo desproporcionado a mis fuerzas. Mis ilusiones, influenciadas por mi egoísmo y mi soberbia, no me dejan descubrir lo que realmente debo hacer, si quiero ser fiel y corresponder a tu amor. Por eso, pido la intercesión de María, tu santísima Madre, para que como ella, nunca dude de tu Providencia divina y deje que sea tu gracia la que actúe.
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Tras su encuentro con el resucitado, los dos de Emaús han ido a contar su experiencia a los once y demás compañeros. Todavía están hablando los dos cuando vuelve a hacerse presente Jesús. En esta ordenación de los hechos que hace Lucas parece haber una intencionalidad que va más allá del simple interés cronológico, más o menos artificial: la comunidad cristiana va a surgir como tal comunidad a partir de una experiencia común de la realidad del resucitado.
Por otro lado, toda la primera parte del relato (vs. 36-43) está orientada a resaltar este carácter real del resucitado. El nuevo Jesús no es ninguna invención espiritual del grupo cristiano.
Como sus oponentes judíos, también los cristianos dudaron de la realidad de Jesús, no hubo en ellos predisposición alguna a aceptarla, sino todo lo contrario. Sólo la presencia real del resucitado les ha llevado al firme y absoluto convencimiento que ahora tienen. Es comprensible que, ante el arreciar apologético de la oposición judía, la formulación de ese convencimiento cristiano haya adquirido también formas de expresión apologéticas. Estas formas de expresión no hay que verlas como representaciones de la realidad corporal de Jesús, sino como vehículos interpretativos de algo más profundo: Jesús vive ahora una nueva realidad corporal.
La experiencia de un Jesús real produjo en los once y sus compañeros (la comunidad cristiana) un cambio de categorías (conversión) y una liberación interior (perdón de los pecados). Ellos son testigos de todo esto porque son testigos de la muerte y resurrección de Jesús. Muerte y resurrección no son sólo acontecimientos estáticos en Jesús; son también acontecimientos dinámicos que inciden operativamente en el individuo y en el grupo transformándolos en una nueva realidad, cuya expresión es la comunidad cristiana, y en heraldos de esa nueva realidad
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Encontramos en el evangelio de Lucas a Jesús resucitado que se presenta en medio de los discípulos, los cuales, incrédulos y atemorizados, pensaban que veían un espíritu. Romano Guardini escribe: "El Señor ha cambiado. No vive ya como antes. Su existencia... no es comprensible. Sin embargo, es corpórea, incluye... todo lo que vivió; el destino atravesado, su pasión y su muerte. Todo es real. Aunque sea cambiada, pero siempre una tangible realidad". Dado que la resurrección no borra los signos de la crucifixión, Jesús muestra sus manos y sus pies a los apóstoles. Y para convencerlos, les pide algo de comer. Así que los discípulos "le ofrecieron un trozo de pescado. Lo tomó y comió delante de ellos". San Gregorio Magno comenta que "el pescado asado al fuego no significa otra cosa que la pasión de Jesús, Mediador entre Dios y los hombres. De hecho, él se dignó esconderse en las aguas de la raza humana, aceptó ser atrapado por el lazo de nuestra muerte y fue como colocado en el fuego dado los dolores sufridos en el momento de la pasión" (Benedicto XVI, 22 de abril de 2012).

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