"El pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo". Con estas palabras el Señor revela el verdadero sentido del don de su propia vida por todos los hombres y nos muestran también la íntima compasión que Él tiene por cada persona. En efecto, los Evangelios nos narran muchas veces los sentimientos de Jesús por los hombres, de modo especial por los que sufren y los pecadores. Mediante un sentimiento profundamente humano, Él expresa la intención salvadora de Dios para todos los hombres, a fin de que lleguen a la vida verdadera. Cada celebración eucarística actualiza sacramentalmente el don de su propia vida que Jesús hizo en la Cruz por nosotros y por el mundo entero. Al mismo tiempo, en la Eucaristía Jesús nos hace testigos de la compasión de Dios por cada hermano y hermana. Nace así, en torno al Misterio eucarístico, el servicio de la caridad para con el prójimo, que « consiste precisamente en que, en Dios y con Dios, amo también a la persona que no me agrada o ni siquiera conozco. Esto sólo puede llevarse a cabo a partir del encuentro íntimo con Dios, un encuentro que se ha convertido en comunión de voluntad, llegando a implicar el sentimiento. Entonces aprendo a mirar a esta otra persona no ya sólo con mis ojos y sentimientos, sino desde la perspectiva de Jesucristo. Benedicto XVI, Exhortación apostólica Sacramentus caritatis, n. 88.

Gracias, Señor, por tu Eucaristía, por el gran don de Ti mismo, gracias por esta gran prueba de tu amor que deseo ardientemente se prologue durante todo el día. Quiero pertenecerte siempre. ¡Venga tu Reino a mi corazón! Que nunca me «acostumbre» a recibirte. Confío en que, con la intercesión de María, sepa corresponder a tanto amor.

EUCARISTÍA

"Soy cristiano no practicante", "¡Qué rollo ir a misa!", "¿Para qué vas a misa todos los días? ¿qué te dan allí?"... Venimos a la Eucaristía a celebrar, a hacer presente el acontecimiento más importante en la historia de la familia cristiana y de la humanidad: nuestra salvación y venimos a alimentarnos para tener salud y fuerza en el camino que nos lleva a la vida eterna. Todos sabemos de la importancia de la alimentación, así como de las consecuencias del hambre y de la malnutrición. En nuestras sociedades de la abundancia el problema está en que se come mucho, pero malos alimentos y en los países pobres, se come poco y mal. Por eso hay tantos problemas de salud. Si uno no se alimenta bien, en lugar de ganar vida y salud, la va perdiendo. En nuestra vida cristiana pasa lo mismo: quien no la alimenta, la va perdiendo. Por eso Jesús se ha hecho para los suyos alimento de vida. Para eso, también, venimos a la Eucaristía: para alimentarnos del Pan de la Palabra de Dios y del Cuerpo y Sangre de Cristo. El cristiano que abandona la Eucaristía, poco a poco se va debilitando y su vida cristiana va desapareciendo. Y es que el alimentarnos del Cuerpo de Cristo, nos va transformando en él. Quien está bien alimentado de Cristo, irradia vida. El pan que se comparte, lleva a compartir el pan con el necesitado, la defensa de la libertad con el oprimido y explotado, la cercanía con el que está solo. En una palabra: el amor recibido, debe hacerse amor entregado. Por eso el día del Corpus es el día de la caridad, el día de Cáritas. Nuestra ayuda, para que tenga valor, debe expresar amor compartido. Pero si, celebrando la Eucaristía, somos egoístas, negamos la comunión en el Cuerpo de Cristo; si somos esclavos de nuestras cosas, negamos a quien no guardó para sí ni su vida, a quien se hizo pan para ser partido y repartido; si nos despreocupamos de los demás, sea por la causa que sea, negamos a quien se hizo vida en abundancia para todos y para siempre. Vivamos intensamente la Eucaristía, intensifiquemos la oración ante el Sagrario y la adoración ante el Santísimo expuesto; que nuestra vida sea manifestación y testimonio de lo que creemos.

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